La muerte del socialismo y la necesidad de unirse al resto del Frente Amplio(FA) para ganar las elecciones fueron los mensajes tupamaros durante el acto conmemorativo de la toma de Pando.
“El FA no es socialista pero no importa porque está buscando dar trabajo para los uruguayos y eso es revolucionario", afirmó Julio Marenales. "Al gobierno le faltará esto o le sobrará aquello, pero no busquen lo perfecto. Entiendan que la prioridad del pueblo uruguayo es la continuidad del gobierno y para eso debemos tener abnegación", agregó José Mujica. "La profundidad de los cambios, sin continuidad, no va a existir", advirtió Eduardo Bonomi.
Los discursos de los tres dirigentes históricos del MLN en el acto realizado anoche (por el viernes 19) en conmemoración de la toma de Pando y la caída de Ernesto "Che" Guevara plasmaron la idea de que se debe buscar el crecimiento del FA, pese a que la coalición de izquierdas no refleja los objetivos que históricamente guiaron al sector. La toma de Pando y la muerte de Guevara solo estuvieron presentes en el discurso de la Juventud tupamara y apenas merecieron breves menciones de los principales oradores.
Luego de varios años de compartir el estrado con el senador Eleuterio Fernández Huidobro, ayer Bonomi y Mujica estuvieron acompañados por Marenales. Fernández Huidobro, líder de la Corriente de Acción y Pensamiento (CAP), escuchó sentado entre la gente.
"En Cuba no hay socialismo, sino movimiento social", manifestó Marenales, quien agregó que "del campo socialista no queda nada". El dirigente afirmó que "los movimientos progresistas no se plantean la transformación profunda de la sociedad" pero reconoció que "es lo posible por ahora. Hay algunos buenos compañeros profundamente equivocados, que piden a este gobierno lo que no puede dar".
Marenales calificó al MPP como "un experimento que está en marcha" al que "le falta para ser una herramienta política. El MPP tiene votos pero no tiene masa organizada debajo". En ese sentido, convocó a multiplicar la militancia y criticó sin nombrarlos a los dirigentes radicales que "se dan el lujo de decir que tienen impolutos los principios porque no inciden en los hechos. Son testimoniales. Es cuando se incide en los cambios es que se pueden cometer errores, pero deben saber que los tupamaros no hemos perdido nuestros principios primigenios".
Por su parte el ministro Bonomi realizó un extenso análisis de la marcha del gobierno y reclamó a la fuerza política una mayor incidencia en la base social para "dibujar el horizonte estratégico dejando la táctica al gobierno. Tenemos que salir de la chiquita y ponernos a discutir por lo alto y eso pasa por el debate en las bases".
El ministro Mujica puso énfasis en su convicción de que se debe apostar a "una dirección joven e independiente" en el FA, con capacidad para "trabajar full time" y calificó al presidente de la fuerza política, Jorge Brovetto, como "una víctima". Renunciamiento, generosidad y abnegación fueron algunos de los términos elegidos por Mujica para pedir a los tupamaros que se unan al resto de la izquierda para asegurar el próximo gobierno. "Si esto que está germinando es aplastado por la historieta, una enorme cantidad de conquistas quedarán heridas por varias generaciones, porque cuando la izquierda fracasa viene un derechazo. El almácigo de la derecha es muy chico pero lo fertilizan y lo riegan desde derecha, centro e izquierda", advirtió.
“ZABALZA DICE DISPARATES” El líder de la Corriente de Acción y Pensamiento (CAP), Eleuterio Fernández Huidobro, dijo que no está dispuesto a "perder el tiempo" leyendo el libro de Federico Leicht, "Un cero a la izquierda", donde el ex dirigente tupamaro Jorge Zabalza revela acciones proyectadas por el Movimiento de Liberación Nacional (MLN) cuando ya se había recuperado la democracia.
"Son pelotazos. Yo mañana agarro un libro y empiezo a decir disparates y nadie va a decir que son revelaciones. Yo vi un ovni, estuve charlando con los extraterrestres, son disparates”, ironizó. El legislador enfatizó que “lo que está escrito, no por estar escrito es verdad”. En ese sentido, argumentó que “tenemos cosas muy serias sobre las que hablar como para tener que ocuparnos de eso".
Fernández Huidobro afirmó al retirarse del acto realizado ayer por el MLN en conmemoración de la toma de Pando, donde él fue uno de los apresados, que su preocupación está puesta en estudiar "la ideología de Luis Alberto Heber, de Jorge Larrañaga, de Sergio Abreu, de mis contrincantes en el Senado”. Recordó que las Fuerzas Conjuntas publicaron "verdaderas guías telefónicas" sobre el MLN, por lo que "las cosas que dijeron de nosotros no las va a superar nadie". “¿Cómo me voy a ocupar de una pavada de esta envergadura?", concluyó.
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viernes, 26 de octubre de 2007
EL MIEDO
SIEMPRE EL MIEDO?
Andrés Capelán
MONTEVIDEO/URUGUAY/24.10.07/COMCOSUR AL DÍA – Yo no sé cómo era antes, pero desde que tengo conciencia crítica el miedo ha estado siempre presente en los discursos políticos. En 1971 el “despotismo democrático” del Partido Colorado nos decía que si ganaba el Frente Amplio se iban a llevar a los niños para Moscú, y se rumoreaba que también nos podían invadir las tropas de la dictadura brasileña de Emilio Garrastazú Médici (eso era verdad). En 1973, fue el miedo al golpe de Estado lo que paradojalmente permitió el golpe de Estado. Luego, vivimos más de una década sumergidos en el miedo mismo.
En 1984, el general Líber Seregni nos decía que si no firmábamos el Pacto del Club Naval los milicos no se iban (“¡Y que se queden, a ver si aguantan!” –pensábamos muchos en ese entonces, pero bueno, fuimos minoría. En 1989, los colorados nos decían que si se derogaba la Ley de Caducidad iban a volver los milicos. Y así...
Hoy escucho al Pepe Mujica pidiendo “renunciamiento, generosidad y abnegación” para que el Frente Amplio vuelva a ganar las elecciones en 2009, porque “cuando la izquierda fracasa viene un derechazo”. No Pepe, no, otra vez el miedo no. Porque además, la cosa es al revés: si el Frente Amplio quiere volver a ganar, tiene que mantener los votos de la izquierda.
Si vos querés seguir peleando por el socialismo, tenés que hacer pesar los votos que tenés en lugar de hacerle seguidismo a Tabaré. Sin los votos del MPP, este gobierno no va ni hasta la esquina. Y si por pararte en los pedales se produce una crisis y cae algún ministro: ¿cual es el problema? ¿No me vas a decir que ahora le tenés miedo a las crisis? ¡Dejáte de joder!
http://comcosur.com.uy
Andrés Capelán
MONTEVIDEO/URUGUAY/24.10.07/COMCOSUR AL DÍA – Yo no sé cómo era antes, pero desde que tengo conciencia crítica el miedo ha estado siempre presente en los discursos políticos. En 1971 el “despotismo democrático” del Partido Colorado nos decía que si ganaba el Frente Amplio se iban a llevar a los niños para Moscú, y se rumoreaba que también nos podían invadir las tropas de la dictadura brasileña de Emilio Garrastazú Médici (eso era verdad). En 1973, fue el miedo al golpe de Estado lo que paradojalmente permitió el golpe de Estado. Luego, vivimos más de una década sumergidos en el miedo mismo.
En 1984, el general Líber Seregni nos decía que si no firmábamos el Pacto del Club Naval los milicos no se iban (“¡Y que se queden, a ver si aguantan!” –pensábamos muchos en ese entonces, pero bueno, fuimos minoría. En 1989, los colorados nos decían que si se derogaba la Ley de Caducidad iban a volver los milicos. Y así...
Hoy escucho al Pepe Mujica pidiendo “renunciamiento, generosidad y abnegación” para que el Frente Amplio vuelva a ganar las elecciones en 2009, porque “cuando la izquierda fracasa viene un derechazo”. No Pepe, no, otra vez el miedo no. Porque además, la cosa es al revés: si el Frente Amplio quiere volver a ganar, tiene que mantener los votos de la izquierda.
Si vos querés seguir peleando por el socialismo, tenés que hacer pesar los votos que tenés en lugar de hacerle seguidismo a Tabaré. Sin los votos del MPP, este gobierno no va ni hasta la esquina. Y si por pararte en los pedales se produce una crisis y cae algún ministro: ¿cual es el problema? ¿No me vas a decir que ahora le tenés miedo a las crisis? ¡Dejáte de joder!
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EL ENGRANAJE
REFLEXIONES SOBRE LA IZQUIERDA Y EL PODER.
Andrés Capelán.
MONTEVIDEO/URUGUAY/24.10.07/COMCOSUR AL DÍA – Jean Paul Sartre no pone nombre al pequeño país en el que ubica la acción de “El Engranaje” (“Les Mains Sales”) un libreto cinematográfico que le hicieron escribir sus desencantos en 1946. La película nunca fue filmada, tal vez porque no era funcional a ningún sistema. En efecto, uno de los problemas de “Las Manos Sucias” es, no ya su descreimiento en el cambio, sino su total falta de esperanza; un lujo que Sartre se podía permitir en 1946 y en Francia.
Obviamente qu- No se tocará el asunto del petróleo –promete François.e la obra de Sartre va mucho más allá de su anécdota, y llama a la reflexión en muchos niveles. El Engranaje es una historia de luchas obreras y revoluciones, pero también (precisamente) es una reflexiónA lo largo de ese juicio que termina con su condena a muerte, las declaraciones de los testigos, planteadas a manera de flashbacks, van haciendo surgir poco a poco la terrible verdad: no hubieron cambios porque la estructura no permite cambios. El lector se entera de que cuando aún no habían terminado de sonar los últimos disparos de la revolución que lo llevó al poder, la primera visita que recibe Agueda es la del dueño de la petrolera y el embajador de su país (una poderosa nación vecina). Ambos le halagan al comunicarle que ese país reconoce su gobierno, pero le advierten que cualquier intento de nacionalizar el petróleo producirá una inmediata invasión militar. sobre el amor, el odio, el sufrimiento y la incomprensión. De poder y violencia habla también Sartre. De probidad y corrupción, de dignidad y obsecuencia (por eso la llamó “Las Manos Sucias”).
En el empobrecido país de las manos sucias, la principal industria es la del petróleo y el gobierno está en manos de un Regente que es un empleado más de Mr. Schoelcher, el dueño de la petrolera extranjera que rapiña la riqueza del país y explota cruelmente a sus obreros. De todas maneras, luego de años de luchas y represiones, el partido que forman los trabajadores logra derrocar al Regente e instaurar un gobierno revolucionario.
Al frente de ese gobierno se ubica al líder carismático de ese partido, Jean Agueda, quien deberá poner en práctica las dos primeras medidas ordenadas por la revolución: la nacionalización del petróleo y la convocatoria a una Asamblea Constituyente. Sin embargo, los años van pasando y en lugar de nacionalizar el petróleo y llamar a nuevas elecciones, Agueda se va convirtiendo poco a poco en un dictador despiadado que sigue favoreciendo los intereses extranjeros. El lector entra al libro en el momento en que Jean Agueda es derrocado por sus viejos compañeros de lucha, y la acción transcurre en el tribunal donde se le juzga por su traición.
Con la esperanza transformada en desesperación, comienza entonces su gobierno, Jean Agueda. El temor a la invasión hará que poco a poco, vaya cediendo cada vez más ante las presiones de la “poderosa nación vecina” y el empresario petrolero, cayendo en el alcoholismo, transformándose en dictador, y volviéndose en contra del pueblo que le llevó al poder. Cinco años después, ese mismo pueblo se rebelará en su contra y lo sustituirá por François, un viejo compañero de lucha dispuesto a cumplir las promesas traicionadas por su antecesor.
Al enterarse de la designación, Agueda comenta amargamente: "¡Infelices! ¡Creen hacer un cambio de política y lo único que harán será cambiar un hombre por otro!" Y dirigiéndose a François augura: “Tú continuarás mi política. La continuarás porque no es posible otra. No pienses que quiero justificarla. No, tú mismo serás quien la justifique, dentro de tres meses, dentro de seis meses..." El libro se cierra con la siguiente escena:
“El embajador está ante François. Habla cortésmente, pero apenas vela la amenaza que contienen sus palabras. François escucha con aire colérico.- Mi gobierno no desea otra cosa que mantener relaciones de amistad con el vuestro –dice el embajador-. Sin embargo estoy encargado de prevenirle, que si se nacionaliza el petróleo y se despoja a nuestros connacionales, esto será considerado como un casus belli.
- Su gobierno no tiene por qué mezclarse en nuestros asuntos internos –replica François.- Como le parezca. Excelencia. Sólo le debo recordar que su país es pequeño y el nuestro poderoso.
Un silencio. El embajador insiste cortésmente:
Mi Gobierno espera una respuesta categórica.
-No se tocará el asunto del petróleo -promete Francois.
El embajador se inclina con una sonrisa irónica:
- No se esperaba otra cosa de vuestro buen criterio, Excelencia.
Y se retira. Desde la puerta el ayuda de cámara dice a François:
- La delegación de los obreros del petróleo espera, Excelencia.
- Un momento –dice François-. Sírveme un vaso de whisky.
El ayuda de cámara se lo sirve en silencio. François lo bebe y deposita el vaso sobre la mesa. Después, haciendo una señal al ayuda de cámara, le dice con aire sombrío:
- Que pasen.”
El fatalismo extremo de Sartre es hijo de su tiempo y su realidad, sin embargo, el mundo está lleno de revoluciones traicionadas, empezando por la Francesa de 1789 (por poner un ejemplo conocido por todos y discutido por nadie). Fue precisamente en esa Asamblea Nacional de 1789 que surgieron los términos “izquierda” y “derecha”.
Durante casi dos siglos, esas definiciones resultaron adecuadas para categorizar a unos y otros partidos y organizaciones en cualquier lugar del mundo. Pero a medida que (al contrario de lo augurado por Carlos Marx) el capitalismo fue superando crisis tras crisis (consolidándose y afianzándose cada vez más en el proceso) los límites entre una y otra categorización comenzaron a hacerse cada vez más difusos.
En América Latina, mientras un sector de la izquierda se embarcaba en la lucha armada, otro se decidía por la estrategia del “Frente Popular” a la francesa. El experimento resultó exitoso en Chile en 1970, pero ni bien tocó los intereses económicos de la burguesía nacional y las multinacionales, fue borrado rápidamente del mapa. Pasada la etapa de las dictaduras, la izquierda del Cono Sur insistió con la estrategia de los “Frentes Populares”, pero esta vez los hizo policlasistas. Es así que llegaron al gobierno la “Alianza” en Argentina, el “Partido de los Trabajadores” en Brasil, y el “Frente Amplio” en Uruguay.
Pero será precisamente esa misma alianza de clases que les permitió llegar al gobierno, la que les impedirá luego efectuar las transformaciones estructurales necesarias para comenzar a construir el socialismo. Es más, para llegar al gobierno debieron renunciar previamente al socialismo de una u otra manera. Mas claro todavía: para poder gobernar, la izquierda hubo de dejar de ser izquierda.
Hay un hecho sintomático que se repite cada vez que asume un gobierno autodenominado izquierdista: el peregrinaje a Washington D.C. En el libro de Sartre, la primera visita que reciben los presidentes revolucionarios es la del embajador y el empresario petrolero. En los albores del siglo XXI los que se trasladan son los mandatarios electos: todos y cada uno han viajado enseguida al norte como pidiendo permiso. Y todos y cada uno han recibido la bendición del Gran Señor de la Casa Blanca.
Claro que todo esto es discutible, y es una suerte que así pueda ser, pero es una pena que así no se haga. La pregunta que –pese a todo- está sobre la mesa es si se puede construir el socialismo administrando el capitalismo. Viendo y considerando lo que sucedió ayer y sucede hoy en la región, a mi me parece que no. Pero ¡vamos! que resultaría muy interesante discutirlo, porque –a diferencia de Sartre- aquí y ahora todavía hay quienes pensamos que el socialismo aún es posible.
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MONTEVIDEO/URUGUAY/24.10.07/COMCOSUR AL DÍA – Jean Paul Sartre no pone nombre al pequeño país en el que ubica la acción de “El Engranaje” (“Les Mains Sales”) un libreto cinematográfico que le hicieron escribir sus desencantos en 1946. La película nunca fue filmada, tal vez porque no era funcional a ningún sistema. En efecto, uno de los problemas de “Las Manos Sucias” es, no ya su descreimiento en el cambio, sino su total falta de esperanza; un lujo que Sartre se podía permitir en 1946 y en Francia.
Obviamente qu- No se tocará el asunto del petróleo –promete François.e la obra de Sartre va mucho más allá de su anécdota, y llama a la reflexión en muchos niveles. El Engranaje es una historia de luchas obreras y revoluciones, pero también (precisamente) es una reflexiónA lo largo de ese juicio que termina con su condena a muerte, las declaraciones de los testigos, planteadas a manera de flashbacks, van haciendo surgir poco a poco la terrible verdad: no hubieron cambios porque la estructura no permite cambios. El lector se entera de que cuando aún no habían terminado de sonar los últimos disparos de la revolución que lo llevó al poder, la primera visita que recibe Agueda es la del dueño de la petrolera y el embajador de su país (una poderosa nación vecina). Ambos le halagan al comunicarle que ese país reconoce su gobierno, pero le advierten que cualquier intento de nacionalizar el petróleo producirá una inmediata invasión militar. sobre el amor, el odio, el sufrimiento y la incomprensión. De poder y violencia habla también Sartre. De probidad y corrupción, de dignidad y obsecuencia (por eso la llamó “Las Manos Sucias”).
En el empobrecido país de las manos sucias, la principal industria es la del petróleo y el gobierno está en manos de un Regente que es un empleado más de Mr. Schoelcher, el dueño de la petrolera extranjera que rapiña la riqueza del país y explota cruelmente a sus obreros. De todas maneras, luego de años de luchas y represiones, el partido que forman los trabajadores logra derrocar al Regente e instaurar un gobierno revolucionario.
Al frente de ese gobierno se ubica al líder carismático de ese partido, Jean Agueda, quien deberá poner en práctica las dos primeras medidas ordenadas por la revolución: la nacionalización del petróleo y la convocatoria a una Asamblea Constituyente. Sin embargo, los años van pasando y en lugar de nacionalizar el petróleo y llamar a nuevas elecciones, Agueda se va convirtiendo poco a poco en un dictador despiadado que sigue favoreciendo los intereses extranjeros. El lector entra al libro en el momento en que Jean Agueda es derrocado por sus viejos compañeros de lucha, y la acción transcurre en el tribunal donde se le juzga por su traición.
Con la esperanza transformada en desesperación, comienza entonces su gobierno, Jean Agueda. El temor a la invasión hará que poco a poco, vaya cediendo cada vez más ante las presiones de la “poderosa nación vecina” y el empresario petrolero, cayendo en el alcoholismo, transformándose en dictador, y volviéndose en contra del pueblo que le llevó al poder. Cinco años después, ese mismo pueblo se rebelará en su contra y lo sustituirá por François, un viejo compañero de lucha dispuesto a cumplir las promesas traicionadas por su antecesor.
Al enterarse de la designación, Agueda comenta amargamente: "¡Infelices! ¡Creen hacer un cambio de política y lo único que harán será cambiar un hombre por otro!" Y dirigiéndose a François augura: “Tú continuarás mi política. La continuarás porque no es posible otra. No pienses que quiero justificarla. No, tú mismo serás quien la justifique, dentro de tres meses, dentro de seis meses..." El libro se cierra con la siguiente escena:
“El embajador está ante François. Habla cortésmente, pero apenas vela la amenaza que contienen sus palabras. François escucha con aire colérico.- Mi gobierno no desea otra cosa que mantener relaciones de amistad con el vuestro –dice el embajador-. Sin embargo estoy encargado de prevenirle, que si se nacionaliza el petróleo y se despoja a nuestros connacionales, esto será considerado como un casus belli.
- Su gobierno no tiene por qué mezclarse en nuestros asuntos internos –replica François.- Como le parezca. Excelencia. Sólo le debo recordar que su país es pequeño y el nuestro poderoso.
Un silencio. El embajador insiste cortésmente:
Mi Gobierno espera una respuesta categórica.
-No se tocará el asunto del petróleo -promete Francois.
El embajador se inclina con una sonrisa irónica:
- No se esperaba otra cosa de vuestro buen criterio, Excelencia.
Y se retira. Desde la puerta el ayuda de cámara dice a François:
- La delegación de los obreros del petróleo espera, Excelencia.
- Un momento –dice François-. Sírveme un vaso de whisky.
El ayuda de cámara se lo sirve en silencio. François lo bebe y deposita el vaso sobre la mesa. Después, haciendo una señal al ayuda de cámara, le dice con aire sombrío:
- Que pasen.”
El fatalismo extremo de Sartre es hijo de su tiempo y su realidad, sin embargo, el mundo está lleno de revoluciones traicionadas, empezando por la Francesa de 1789 (por poner un ejemplo conocido por todos y discutido por nadie). Fue precisamente en esa Asamblea Nacional de 1789 que surgieron los términos “izquierda” y “derecha”.
Durante casi dos siglos, esas definiciones resultaron adecuadas para categorizar a unos y otros partidos y organizaciones en cualquier lugar del mundo. Pero a medida que (al contrario de lo augurado por Carlos Marx) el capitalismo fue superando crisis tras crisis (consolidándose y afianzándose cada vez más en el proceso) los límites entre una y otra categorización comenzaron a hacerse cada vez más difusos.
En América Latina, mientras un sector de la izquierda se embarcaba en la lucha armada, otro se decidía por la estrategia del “Frente Popular” a la francesa. El experimento resultó exitoso en Chile en 1970, pero ni bien tocó los intereses económicos de la burguesía nacional y las multinacionales, fue borrado rápidamente del mapa. Pasada la etapa de las dictaduras, la izquierda del Cono Sur insistió con la estrategia de los “Frentes Populares”, pero esta vez los hizo policlasistas. Es así que llegaron al gobierno la “Alianza” en Argentina, el “Partido de los Trabajadores” en Brasil, y el “Frente Amplio” en Uruguay.
Pero será precisamente esa misma alianza de clases que les permitió llegar al gobierno, la que les impedirá luego efectuar las transformaciones estructurales necesarias para comenzar a construir el socialismo. Es más, para llegar al gobierno debieron renunciar previamente al socialismo de una u otra manera. Mas claro todavía: para poder gobernar, la izquierda hubo de dejar de ser izquierda.
Hay un hecho sintomático que se repite cada vez que asume un gobierno autodenominado izquierdista: el peregrinaje a Washington D.C. En el libro de Sartre, la primera visita que reciben los presidentes revolucionarios es la del embajador y el empresario petrolero. En los albores del siglo XXI los que se trasladan son los mandatarios electos: todos y cada uno han viajado enseguida al norte como pidiendo permiso. Y todos y cada uno han recibido la bendición del Gran Señor de la Casa Blanca.
Claro que todo esto es discutible, y es una suerte que así pueda ser, pero es una pena que así no se haga. La pregunta que –pese a todo- está sobre la mesa es si se puede construir el socialismo administrando el capitalismo. Viendo y considerando lo que sucedió ayer y sucede hoy en la región, a mi me parece que no. Pero ¡vamos! que resultaría muy interesante discutirlo, porque –a diferencia de Sartre- aquí y ahora todavía hay quienes pensamos que el socialismo aún es posible.
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